La escena lo dice todo. Una oruga deambula por mundos imposibles en una pantalla, mientras a pocos metros una escultura hecha con disipadores de computadora y pantallas de tablets mira al visitante como si fuera una criatura de otro siglo. No hay nostalgia ni euforia tecnológica en las salas del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Hay preguntas.
Las dos nuevas exposiciones del Moderno —Bosques umbral y Luis Camnitzer: Todo por aprender. La resurrección de Simón Rodríguez— se inauguraron en el marco de «Habitando el Futuro», el programa anual con el que la institución celebra sus setenta años. El eje que las une es preciso: ninguna se acerca a la tecnología desde la fascinación ingenua ni desde una mirada apocalíptica. Las dos la convierten en territorio de interrogación.
El bosque que no tiene árboles
Bosques umbral, al cuidado de Nicolás Cuello, reúne a ocho artistas: Gala Berger, Flavia Da Rin, Lulo Demarco, Alejandra Mizrahi, Toni Morales, Eva Moro Cafiero, Yhomara Muñoz y Jimena Travaglio. La propuesta usa el bosque como metáfora de conectividad: una red de relaciones e interdependencias capaz de inspirar otras formas de organización. Para Cuello, el bosque remite a la manera en que los ecosistemas pueden inspirar formas de conectividad, de circulación de la información y de producción de comunidad.
Una de las operaciones centrales de la muestra es desarmar la ecuación tecnología igual a industria, velocidad y dispositivos electrónicos. Mizrahi, artista tucumana, incorpora la técnica textil característica de Tucumán, trabajada desde hace años junto a tejedoras randeras del norte argentino. Travaglio va más lejos: sus textiles reproducen patrones y glitches propios de las imágenes digitales, pero son realizados lentamente, a mano, durante años. En Montaña insomne, una pieza de gran formato, toma como referencia los diseños de las placas madre de las computadoras. La imagen digital, aparentemente intangible, adquiere peso, superficie y tiempo.
Moro Cafiero, artista y activista ambiental de La Plata, construye sus esculturas con desechos tecnológicos: pantallas de tablets, disipadores de computadoras. Los desmonta para descubrir sus posibilidades estéticas y convertirlos en criaturas fantásticas. Aprendió buena parte de esos procedimientos mediante tutoriales de YouTube y el intercambio con agrupaciones como los Cibercirujas, dedicadas a recuperar y reparar dispositivos. «La tecnología no es una nube etérea», plantea la artista. Demarco, por su parte, construye seres con maderas recicladas —fragmentos quebrados por causas naturales o restos de poda urbana— y los describe como parte de una serie especulativa vinculada a «la migración de una forma queer».
Berger combina textiles, bordados, sublimación digital e imágenes producidas con inteligencia artificial. En algunas piezas recupera imágenes de objetos culturales de pueblos originarios conservados en colecciones de museos del norte global y las transforma en presencias espectrales que habitan bosques fantásticos. La ciencia ficción funciona aquí, según la lógica de la muestra, como herramienta de reparación imaginaria.
El recorrido se completa con La epopeya de la crisálida, un video de Flavia Da Rin producido en 2019 y recientemente incorporado al patrimonio del Moderno. Una oruga atraviesa distintos mundos y se encuentra con personajes interpretados por la propia artista. La crisálida como umbral: no una frontera rígida, sino un espacio de transformación.
El fantasma del pedagogo
En la otra sala, Luis Camnitzer —nacido en Lübeck en 1937, ciudadano uruguayo y estadounidense, figura fundamental del conceptualismo latinoamericano— desplaza la pregunta hacia el conocimiento. Si una máquina puede producir textos, imágenes y respuestas a velocidad inigualable, ¿qué ocurre con nuestra capacidad de pensar?
Su respuesta es una provocación metodológica: «resucitar» a Simón Rodríguez, filósofo, educador y maestro de Simón Bolívar, mediante inteligencia artificial y sesiones de espiritismo. El hombre del siglo XIX vuelve a conversar con el presente. El procedimiento es deliberadamente incómodo: pone en escena la tensión entre la autoridad del conocimiento histórico y la fluidez —o la frivolidad— de los sistemas generativos.
Lo que está en juego
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Dos exposiciones, ocho artistas en una y un conceptualista veterano en la otra, y una institución que cumple setenta años preguntándose cómo se habita el futuro sin rendirse a él.
Lo que estas muestras ponen sobre la mesa no es solo una cuestión estética. Es una discusión sobre quién controla las herramientas del conocimiento y quién queda fuera de ese control. La respuesta que propone Bosques umbral es descentralizada, artesanal, comunitaria: la tecnología como bien apropiable, no como servicio que se consume. La de Camnitzer es más incómoda: la máquina puede imitar al maestro, pero no puede reemplazar la pregunta. En un momento en que los grandes modelos de inteligencia artificial concentran poder en pocas manos corporativas, esa distinción no es menor. El arte, al menos aquí, se niega a ser usuario pasivo.



