La escena lo dice todo. Un jardín convertido en patio andaluz, naranjos incluidos, dentro de la embajada de España en Buenos Aires. Cuatrocientas cuarenta personas con mantones, abanicos y encajes. Y al fondo, el número que importa: 180.000 dólares recaudados en una sola noche para que el Museo Nacional de Bellas Artes pueda abrir una nueva sede.
La Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes celebró su gala anual bajo el lema «Un viaje de ida y vuelta entre España y Argentina». La cita, que en otras ediciones rotó de sede, esta vez encontró su escenario natural en la residencia del embajador Joaquín María de Arístegui Laborde, quien abrió el evento con palabras de bienvenida junto al presidente del MNBA, Andrés Duprat.
Fue el doctor Julio César Crivelli, presidente de la Asociación Amigos del Bellas Artes, quien puso en perspectiva la velada: «Hoy es un día especial porque se cumplen 130 años del museo, 95 de la asociación, fundada para ayudar al museo, y además, como si fuera poco, es el cumpleaños de Borges. Tenemos mucho para celebrar». La frase resumió el espíritu de una noche que mezcló filantropía, historia y sociedad porteña en proporciones iguales.
El ex presidente Mauricio Macri llegó cerca de las 20.30 junto a su novia, Lola Teuly. Posaron para las fotos y Macri aceptó selfies a pedido de algunos invitados. Teuly impactó con un diseño de encaje y espalda al descubierto firmado por Joti Harriague. La pareja se mostró cómplice durante la cena y concentró buena parte de la atención de la sala.
La ambientación corrió por cuenta de Gloria César, quien transformó el jardín de la embajada en lo que los presentes describieron como un auténtico patio andaluz. «Fue un trabajo de equipo enorme. Me siento agradecida de todavía tener la oportunidad de hacer cosas como estas, que me hacen tan feliz», dijo la ambientadora a la revista ¡HOLA!. Los detalles cuentan la historia: dos esculturas de toros custodiaban la entrada, y el dress code —mantones de Manila, peinetas, abanicos— fue respetado con entusiasmo por la mayoría de los asistentes.
Entre los presentes estuvieron Diego Santilli y Analía Maiorana, Ángelo Calcaterra, Gino Bogani —quien llegó con un traje típico comprado en Sevilla hace cuarenta años—, la galerista Orly Benzacar, Larisa Andreani, presidenta de la Fundación Arteba, y Ginette Reynal, quien días después presentaría sus cuadros en la muestra BADA. La conducción de la velada estuvo a cargo de Roberto Funes Ugarte, con trivias, sorteos y un menú que incluyó terrina de pulpo español y carrillera braseada en vino Rioja con arroz meloso, preparado por EAT.
El propósito de la recaudación es concreto: financiar una nueva sede del MNBA que permita archivar, conservar, restaurar y exhibir parte de las obras que hoy permanecen guardadas en las reservas del museo. La gala estuvo además inspirada en la exposición «Itinerarios artísticos entre la Argentina y España (1880-1930)», presentada en el propio museo.
La comisión directiva de Amigos del Bellas Artes cerró la noche satisfecha con los resultados.
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Lo que ocurrió en la embajada española es, en el fondo, una demostración de lo que la sociedad civil puede hacer cuando el Estado no alcanza. Ciento ochenta mil dólares reunidos en una noche por privados que decidieron que el patrimonio cultural no puede esperar a que el presupuesto público lo resuelva. La nueva sede del Bellas Artes —si se concreta— no será un logro del aparato estatal, sino de quienes pusieron su tiempo, su red y su dinero sobre la mesa.
En un país que lleva décadas debatiendo cómo financiar la cultura sin ahogar al contribuyente, el modelo de las asociaciones de amigos de museos ofrece una respuesta práctica: mecenazgo privado, gestión independiente, resultados medibles. La gala del Bellas Artes no es solo una foto de sociedad. Es un argumento.



