La escena lo dice todo. En el interior de El Ojo —el Museo Oscar Niemeyer, ícono de Curitiba— miles de hilos rojos sostienen cartas escritas por habitantes de la ciudad y del mundo. La instalación de la artista japonesa Chiharu Shiota, creada de forma específica para la sala principal, es la pieza más visible de la 16ª Bienal de Curitiba. Pero la historia más interesante no está en los hilos: está en los cimientos.
Curitiba, capital del Estado de Paraná, lleva décadas construyendo una infraestructura cultural que hoy pocos pueden igualar en América Latina. El director de la Bienal, Luiz Ernesto Meyer Pereira, lo explica con precisión: desde los años cuarenta, la ciudad creció de forma acelerada y sus dirigentes no se limitaron a planificar el transporte, los parques o el reciclado —áreas que ya la convirtieron en referente mundial de urbanismo—. También entendieron que la cultura debía integrarse en ese proyecto urbano como un espacio donde los habitantes pudieran encontrarse, tejer lazos y crecer.
El resultado es visible en cada esquina del circuito bienal. El Museo Paranaense, ubicado en el casco histórico, combina una casa de época con un anexo contemporáneo y ofrece un guion que cruza historia, arqueología, antropología y arte. Máscaras indígenas, retratos académicos, catálogos botánicos y obras contemporáneas conviven en un relato sobre identidad plural. La Ópera de Arame, construida en vidrio y hierro como un teatro italiano al aire libre, es otro de los íconos de la ciudad. Y la antigua fábrica de cerveza Brahma espera su transformación en un nuevo espacio de Arte y Tecnología.
El dato más reciente confirma que la apuesta no se detiene: el llamado a licitación para construir una nueva sede del Museo Pompidou en Foz de Iguazú está en boca de todos. El edificio, diseñado por el arquitecto paraguayo Solano Benítez, será una estructura de galerías interiores y exteriores realizada íntegramente en ladrillo colorado. No es una iniciativa aislada, sino parte de una red de espacios sostenida por una política pública de largo plazo.
La Bienal en sí está curada por la argentina Adriana Almada, radicada en Paraguay, y la brasileña Tereza de Arruda. El título elegido es «Limiares» —límites o umbrales—, y el argumento central es que «vivimos en un momento de transformación en el que las fronteras entre lo humano y sus tecnologías, entre lo humano y lo artificial, se vuelven cada vez más fluidas». Explorar ese territorio es tarea de artistas, científicos y público.
Dos artistas argentinos participan con solvencia. Matilde Marín presenta «Campos de hielo», un video poético que puede leerse como registro de un paisaje natural y como advertencia sobre su posible desaparición. Guillermo Srodek-Hart, también veterano de la Bienal de Venecia, exhibe un tríptico fotográfico de un espacio devocional humilde y sincrético que bajo su lente adquiere potencia y belleza.
Fuera del Museo Oscar Niemeyer, el circuito se extiende. La galería Simões de Assis reinterpreta el cubo blanco con vitalidad brasileña y exhibe obras del histórico Cícero Dias y del notable Manfredo de Souzanetto. El Instituto Cervantes presenta las últimas producciones en cerámica de José Do Amaral y Soraia Savaris. El Museo de Arte Indígena, una colección privada abierta a la comunidad, exhibe piezas rituales de plumas con un montaje cuidado. El Museo Alfredo Andersen funciona en la casa-taller restaurada del pintor nacido en Noruega en 1860 y es una de las sedes oficiales de la Bienal.
Los detalles cuentan la historia. Curitiba no construyó su ecosistema cultural con un decreto ni con una cumbre de expertos internacionales: lo hizo con décadas de decisiones sostenidas, inversión en infraestructura física y aprendizaje institucional acumulado. El modelo demuestra que el desarrollo cultural no es un lujo que se agrega al final del presupuesto, sino una apuesta de largo plazo que requiere continuidad, visión y, sobre todo, voluntad política de no interrumpir lo que funciona.
Para un continente donde los proyectos culturales suelen nacer y morir con cada cambio de gobierno, el caso de Curitiba es una lección incómoda: los grandes resultados no llegan en un sexenio. Llegan cuando una ciudad decide que la cultura es infraestructura, la trata como tal y no la sacrifica en el primer ajuste presupuestario. El Ojo de Niemeyer no mira hacia adentro: mira hacia el resto de América Latina y pregunta cuántos están dispuestos a hacer lo mismo.



