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El arte de salir del paso

Psicólogos y expertos en etiqueta explican cómo reparar un desliz social sin convertir la disculpa en un segundo error. La clave: menos palabras, más responsabilidad.
Foto: time.com
miércoles 19 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Una mujer entra a una fiesta y un conocido la saluda con entusiasmo: «¡Tuviste un bebé!». No había tal bebé. Lizzie Post, copresidenta del Emily Post Institute y tataranieta de Emily Post, recuerda el momento con precisión: la otra persona había escuchado que algo importante había ocurrido, recorrió tres hitos equivocados intentando adivinar cuál era y, por fortuna, se detuvo antes de seguir cavando.

La vida está llena de metidas de pata. La pregunta no es si ocurrirán, sino qué hacer en los segundos que siguen.

El primer impulso suele ser el peor

Cuando alguien dice algo que lamenta de inmediato, el instinto es hablar más. Explicar, justificar, contextualizar. Karina Schumann, psicóloga social y profesora asociada de la Universidad de Pittsburgh que estudia las disculpas y la resolución de conflictos, identifica ese patrón con claridad: la persona intenta reparar su imagen a toda velocidad, y para eso recurre a lo mismo que la metió en problemas.

«Lo que realmente repara la situación es desplazar la atención hacia la otra persona», dice Schumann. «Deja de lado esa necesidad urgente de restaurar tu propia imagen y pregúntate: si yo estuviera del otro lado, ¿qué necesitaría escuchar?»

Su fórmula es directa: pausa, reconoce el impacto de lo dicho, asume la responsabilidad. Frases como «Lo siento. No debí haber asumido eso» o «Entiendo que mi comentario fue insensible. Me disculpo» hacen el trabajo sin adornos.

No todos los errores pesan igual

Olvidar el nombre de un conocido exige un «perdona, recuérdamelo» y nada más. Preguntar cuándo está de parto alguien que no está embarazada, o soltar un chiste que aterriza sobre un tema doloroso, requiere un reconocimiento directo del daño, sin intentar suavizarlo con humor, y quizás una conversación más larga si la otra persona la necesita.

Aquí entra un fenómeno que los investigadores llaman la «brecha de magnitud»: quien causa el daño tiende a percibirlo como menos grave y menos amenazante para la relación que quien lo recibe. El ofensor piensa que ya se disculpó y que el asunto debería estar cerrado. La otra persona todavía se pregunta cómo fue posible que no se entendiera cuánto dolió.

La disculpa no necesita guion

Jennifer Thomas, psicóloga y coautora de The 5 Apology Languages, usa una imagen precisa: «La culpa es como una papa caliente». Las respuestas defensivas —«solo era un chiste», «no lo dije con esa intención», «¿por qué lo tomaste tan a pecho?»— se la devuelven a quien recibió el golpe. Minimizan el daño o sugieren que la otra persona es demasiado sensible.

Una explicación puede ayudar a entender lo que pasó, reconoce Schumann, pero tiene que aportar contexto sin diluir la responsabilidad. La secuencia correcta: primero «no debí haberlo hecho, no hay excusa», y después preguntar si una explicación sería útil.

En el terreno digital, la lógica es la misma. Si un mensaje llega al destinatario equivocado, Post sugiere escribir: «Lo siento mucho. Ese mensaje claramente no era para ti, y probablemente tampoco debí haberlo enviado». Y detenerse ahí.

Cuándo parar

Para un tropiezo menor, una disculpa sincera es suficiente. «Cuanto más te disculpas, más se trata de ti», advierte Post. Eso descarta las galletas de arrepentimiento, el mensaje angustiado a la mañana siguiente y la campaña para obtener una declaración oficial de que todo está bien.

El daño serio es distinto. Schumann advierte contra tratar cada disculpa como un «evento de una sola oportunidad», como si encontrar las palabras perfectas zanjara el asunto. La otra persona puede necesitar más conversación, un gesto de reparación o simplemente tiempo.

«El momento del perdón debe quedar enteramente en manos de quien fue lastimado», dice Thomas. Una disculpa ofrece una opción, no un plazo.

¿Y si el desliz se descubre horas o días después? La terapeuta Elika Dadsetan-Foley recomienda abordarlo en lugar de esperar que el otro lo haya olvidado: «He estado pensando en lo que dije ayer. Me doy cuenta de que pudo haber sido ofensivo, y lamento no haberlo notado en el momento».

El principio que lo ordena todo

La próxima vez que te cruces con la persona afectada, un saludo cordial hace más que evitarla o reabrir el tema. Evitar a alguien convierte un momento incómodo en una ruptura permanente; volver a mencionarlo le da oxígeno a una vergüenza que ya estaba muriendo.

Hay un hilo conductor en todo esto: la disculpa eficaz no es un ejercicio de autogestión de imagen, sino un acto orientado hacia el otro. En una cultura que premia la velocidad de reacción y la gestión de narrativas personales, esa distinción —pequeña en apariencia, enorme en la práctica— es la que separa el gesto que repara del que agrava.

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