La escena lo dice todo. Un hombre conduce a 120 kilómetros por hora en una autopista rumbo a La Coruña, graba una nota de voz con el teléfono y, con eso, resuelve meses de angustia creativa. Esa melodía grabada «con bastante riesgo para mi vida», según sus propias palabras, se convertiría en la música de «Déjame en paz», la canción que Alejo Stivel compuso junto a Silvio Rodríguez y que se publicó este año.
Stivel tiene 67 años y vive en el mismo departamento de Madrid, cerca del Parque de Berlín, al que llegó en 1976 junto a su madre, la actriz y docente teatral Zulema Katz, pocas semanas después de abandonar la Argentina. Nunca volvió a mudarse. En ese apartamento conviven hoy dos gatas, cientos de vinilos que cruzaron el Atlántico en un baúl y una memoria que, según él mismo reconoce, vuelve una y otra vez sobre aquellos años.
La historia de ese exilio está marcada por una figura central: Paco Urondo, poeta y periodista argentino, el hombre que lo crió desde que tenía un año y medio. «Mis padres se separaron antes de mi nacimiento, y él fue más mi padre que mi propio padre biológico», afirma Stivel. El día de la entrevista coincidía con los 50 años del asesinato de Urondo, una efeméride que apareció de inmediato en la conversación.
La casa porteña en la que creció era un territorio donde convivían literatura, teatro, política y música. «Paco me despertó la curiosidad política. Era un tipo con una gran sensibilidad social por el sufrimiento de los desfavorecidos, pero también era una persona divertidísima», recuerda. Esa formación atravesada por la poesía y la música latinoamericana sigue apareciendo medio siglo después de maneras inesperadas.
Una de esas apariciones fue la propia amistad con Silvio Rodríguez, nacida cuando Stivel era un adolescente recién exiliado. El trovador cubano llegaba a su casa de Madrid, agarraba la guitarra y se pasaba toda la noche cantando hasta que salía el sol. En una de esas veladas, Stivel le puso discos de Charly García y Spinetta. «Ahí descubrió esa música maravillosa», cuenta. Años más tarde, cuando García se encontró con Rodríguez, le preguntó cómo había conocido su obra. «Me la mostró Alejo Stivel en Madrid en el 76», respondió el cubano.
Hace poco más de un año, esa amistad dio un giro inesperado. Estaban charlando en Madrid cuando Rodríguez le propuso componer algo juntos. «Entré en shock. Nunca pensé que Silvio Rodríguez iba a proponerme algo así», admite Stivel. El proceso fue moderno en su mecánica: intercambio de ideas por WhatsApp hasta que llegó un archivo titulado «Déjame en paz». Stivel esperaba una canción política, quizá sobre Trump. Cuando lo abrió, leyó: «Déjame en paz, conciencia». «Me pareció una vuelta de tuerca poética extraordinaria, digna del genio que es», dice.
Lo que vino después fue lo más difícil. «Hacerle música a una letra de Silvio es como hacerla para Bob Dylan, Paul Simon o Elton John», remarca. Compuso veinte melodías. Ninguna le convencía. Pasaron meses sin que le dijera nada al cubano. «Temía que pensara que me había olvidado del proyecto». Hasta que en esa autopista gallega apareció la melodía definitiva.
La grabó con su banda al día siguiente, un 31 de diciembre. Se la envió a Rodríguez el 6 de enero, como regalo de Reyes. La producción fue deliberadamente rockera, aunque Stivel se preguntó si no habría sido más adecuado acercarse al universo acústico del trovador. La duda se disipó cuando llegó el mensaje de Rodríguez tras escucharla: «Me gusta el rock and roll». «Es una frase que no olvidaré nunca», subraya Stivel.
El proyecto sumó un capítulo más cuando Stivel propuso hacer un videoclip. Rodríguez dudó: nunca había hecho uno en toda su carrera. Stivel pidió permiso para hacer una prueba con inteligencia artificial, convocó a su amigo Leandro Raposo y obtuvo finalmente el visto bueno del cubano.
Los detalles cuentan la historia. Un baúl de vinilos que cruzó el Atlántico en 1976, noches de guitarra hasta el amanecer, veinte melodías descartadas y una nota de voz grabada a 120 por hora: esos son los materiales con los que se construye medio siglo de oficio. Stivel no es un producto del aparato cultural subsidiado ni de ninguna burocracia del entretenimiento; es el resultado de una formación libre, de la curiosidad como método y del mercado de las ideas en su forma más pura: dos músicos que se gustan, que se respetan y que, sin más mediación que un teléfono, hacen una canción. Que el resultado cruce fronteras ideológicas —un rockero argentino exiliado, un trovador de La Habana— dice más sobre el poder de la cultura libre que cualquier declaración de principios.



