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El lenguaje de piedra de Chalcatzingo

A más de dos mil años de distancia, los relieves olmecas de Morelos siguen desafiando la interpretación moderna. El INAH administra un sitio que acaba de recuperar una pieza robada y que aún espera el estudio que merece.
Foto: infobae.com
martes 25 de agosto de 2026

Las laderas del cerro Chalcatzingo guardan un secreto que los arqueólogos llevan casi un siglo intentando descifrar. En el oriente de Morelos, flanqueado por los cerros Chalcatzingo y El Delgado, este asentamiento prehispánico concentra más de treinta relieves en piedra, plataformas ceremoniales y cuevas modificadas por manos humanas que datan de entre los años 700 y 500 a.C.

Los detalles cuentan la historia.

Entre las piezas más conocidas destaca el bajorrelieve llamado El Rey: una figura sentada dentro de una cueva estilizada que parece interactuar con símbolos de lluvia. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) describe los motivos grabados como un complejo sistema iconográfico cuyo significado sigue siendo materia de investigación. No son elementos aislados, precisa el organismo, sino parte de una narrativa visual que articula temas como la fertilidad, el agua y el inframundo.

Otro monumento de peso es el Monumento 9, conocido como Las Fauces de la Tierra: una boca abierta con dientes y ojos tallados que representa la entrada al inframundo. Su historia reciente añade un capítulo inesperado al relato arqueológico: la pieza fue robada en décadas anteriores y repatriada a México en 2023, lo que permitió reintegrarla a su contexto original y renovar el interés en su simbolismo.

La huella olmeca en el Altiplano Central

Chalcatzingo ocupa un lugar singular en el mapa del México antiguo porque traslada la influencia olmeca —originaria de la Costa del Golfo— al Altiplano Central. El INAH documenta que los materiales recuperados en el sitio revelan vínculos culturales con esa región, mientras que varios relieves presentan rasgos propios de la tradición artística olmeca.

La discusión académica sobre cómo llegó esa influencia tiene dos vertientes. La primera postula una expansión territorial desde la zona nuclear olmeca. La segunda sugiere que el estilo se propagó a través de redes comerciales y culturales entre los asentamientos del Preclásico Medio. Ninguna hipótesis ha cerrado el debate.

Lo que sí está documentado es la riqueza material del sitio. En la Estructura 4, una edificación cuadrangular de 70 metros de lado, se han hallado entierros acompañados de ornamentos de jade y espejos de magnetita. La Terraza 1 albergó viviendas; la Terraza 25 se distingue por su patio hundido. Restos cerámicos y fragmentos de incensarios en las cuevas naturales del cerro refuerzan la idea de un uso ritual sostenido a lo largo del tiempo.

Un siglo de registro, décadas de trabajo pendiente

El registro arqueológico moderno de Chalcatzingo comenzó en la década de 1930, cuando Eulalia Guzmán documentó varios de los relieves. El Proyecto Arqueológico Chalcatzingo, desarrollado entre 1972 y 1976, amplió el estudio e identificó nuevas áreas habitacionales y monumentos. Desde entonces, la conservación ha sido, según el INAH, una tarea continua.

Hoy el sitio está abierto al público cerca del municipio de Jantetelco, a poco más de una hora de Cuernavaca. El horario de acceso es de 9:00 a 18:00 horas y el costo de entrada varía entre 75 y 145 pesos, con beneficios para nacionales, residentes, estudiantes y adultos mayores, especialmente los domingos. El INAH recomienda visitar durante la mañana o al atardecer, cuando la luz resalta mejor los relieves en la roca.

Guías comunitarios acompañan los recorridos, un detalle que no es menor: la gestión del patrimonio arqueológico como recurso local es uno de los pocos modelos que genera valor tangible para las comunidades cercanas a los sitios.

La escena lo dice todo.

Chalcatzingo es, ante todo, un argumento en piedra sobre la capacidad humana de construir sistemas de significado duraderos. Que un monumento robado haya regresado en 2023 después de décadas en el extranjero dice algo sobre el valor que el mercado negro asigna a estas piezas, y también sobre los costos que paga el patrimonio común cuando los mecanismos de custodia fallan.

El sitio existe gracias a décadas de trabajo académico y a la gestión del INAH, un aparato estatal que en este caso cumple una función que el mercado no puede sustituir: preservar lo que no tiene precio de reposición. La pregunta que Chalcatzingo deja abierta no es solo arqueológica. Es también sobre qué instituciones, con qué recursos y con qué rendición de cuentas, custodian lo que una civilización dejó escrito en roca.

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