La escena lo dice todo. Mientras las aguas del monzón cubrían las calles de Apalit, en la provincia filipina de Pampanga, el director financiero de Jollibee Group tomaba la palabra en una conferencia de resultados para explicar cómo su empresa piensa proteger sus márgenes. No mencionó el clima como una fuerza mayor. Lo trató como una variable más del negocio.
Esa actitud pragmática se repite en cientos de salas de juntas. Según la fuente, cientos de empresas cotizadas —especialmente en los sectores de alimentos y productos químicos— han dedicado sus últimas llamadas de resultados a detallar planes de contingencia ante lo que los meteorólogos describen como el posible El Niño más severo jamás registrado.
El fondo del problema
El Niño no es un fenómeno nuevo. Los ciclos de los años setenta y noventa dejaron suficiente destrucción como para que los planificadores de cadenas de suministro lo tengan en sus radares. Pero este ciclo llega en un contexto distinto: el mundo ya se ha calentado aproximadamente 1,5 °C desde la Revolución Industrial, y los modelos climáticos registran una diferencia especialmente significativa entre las temperaturas actuales de la superficie del mar y los promedios históricos, lo que apunta a un episodio de intensidad inusual.
Un ciclo típico de El Niño dura menos de un año. Los efectos económicos, sin embargo, se extienden mucho más. Un informe del Banco Central Europeo encontró que un El Niño severo podría elevar los precios mundiales de materias primas alimentarias hasta un 9% en los 16 meses posteriores al inicio del fenómeno, con consecuencias que se prolongan durante años. Las inundaciones de fábricas no solo generan costos inmediatos de emergencia: la reconstrucción puede tardar años en completarse.
Los números que importan
Los datos históricos son elocuentes. Un estudio publicado en 2023 en la revista Science calculó que el ciclo de El Niño de 1982-1983 provocó pérdidas de ingresos globales superiores a los 4 billones de dólares. El ciclo de 1997-1998 elevó esa cifra a 5,7 billones de dólares.
Lo que preocupa a los analistas no es solo la magnitud, sino la no linealidad del daño. Según la fuente, la relación entre la intensidad del fenómeno y sus consecuencias económicas no es proporcional: un El Niño más severo puede traducirse en resultados económicos mucho, mucho peores.
Richard Shin, director financiero de Jollibee Group, lo resumió con la frialdad de quien ya ha hecho los cálculos: «Cuando pensamos en precios y en otras acciones para proteger nuestros márgenes, no lo miramos específico a los patrones climáticos. Lo miramos en conjunto: lo que llamamos inflación y lo que llamamos disrupciones o limitaciones en la cadena de suministro».
La trastienda de los mercados
Los bancos, por su parte, han comenzado a advertir sobre la posibilidad de un choque de oferta que empuje los precios al alza a medida que el clima extremo interrumpa las cadenas de producción. El mecanismo es conocido: lluvias intensas destruyen cosechas, las economías agrícolas sufren el golpe de inmediato y la escasez se propaga durante varias temporadas a los mercados globales.
El impacto no se limita a los países productores de materias primas. Las economías importadoras de alimentos —muchas de ellas en América Latina y el Caribe— enfrentarían presiones inflacionarias adicionales en un momento en que varios gobiernos de la región ya lidian con déficits fiscales abultados y poco margen de maniobra para subsidiar el consumo básico.
La lectura de Hemisferio
Lo que este episodio revela no es solo la vulnerabilidad climática del sistema productivo global, sino la brecha entre quienes tienen capacidad de anticiparse y quienes no. Las empresas con acceso a modelos de riesgo sofisticados, coberturas financieras y cadenas de suministro diversificadas absorberán el golpe con mayor resiliencia. Los consumidores de menores ingresos, en cambio, pagarán el ajuste en la góndola del supermercado.
El libre mercado tiene herramientas para gestionar shocks de oferta: precios que señalan escasez, incentivos para redirigir producción, capital privado dispuesto a reconstruir. Lo que no puede compensar es la ausencia de instituciones sólidas, la sobreregulación que frena la adaptación o los aparatos estatales que distorsionan los precios justo cuando más se necesita que funcionen. El próximo El Niño pondrá a prueba ambas cosas.



