La escena lo dice todo. El 9 de marzo de 2024, los abogados de John Barnett llamaron a su hotel en Charleston, Carolina del Sur, porque su cliente no había aparecido para el tercer día de su deposición formal contra Boeing. Lo encontraron en el estacionamiento, dentro de su camioneta, con una herida de bala en la cabeza. Tenía 62 años.
Barnett había pasado más de 30 años como gerente de control de calidad en Boeing. Cuando fue transferido en 2010 a la nueva planta de North Charleston —abierta, según argumenta el documental, precisamente porque Carolina del Sur es un estado sin sindicatos— encontró un panorama que lo perturbó desde el primer día: empleados sin la capacitación adecuada, tuberías mal ajustadas que se instalaban a martillazos, agujeros en secciones del fuselaje y fragmentos de metal que podían provocar fallas eléctricas graves.
Durante años, Barnett elevó sus preocupaciones a la gerencia. La respuesta fue el silencio primero, y la represalia después: fue reasignado y tratado como un enemigo interno. En 2017 presentó una denuncia formal ante el Departamento de Trabajo. Poco después tomó un retiro anticipado que, según las fuentes, no fue del todo voluntario. En 2019 habló públicamente con el New York Times. Y en marzo de 2024, finalmente daba su deposición en el caso AIR 21 cuando la historia se cerró de la peor manera posible.
La directora Rory Kennedy, quien ya había explorado el caso Boeing en el documental Downfall: The Case Against Boeing (2022), decidió volver. «Si hay una razón por la que hice esta película, fue por John», declaró Kennedy a TIME. Barnett era su amigo, y las horas de grabaciones que había acumulado con él a lo largo de los años se convirtieron en el hilo conductor de Freefall: A Reckoning for Boeing, ahora disponible en Netflix.
El departamento de policía de Charleston investigó la muerte durante meses, a solicitud de la familia y los abogados de Barnett. El 17 de mayo de 2024 cerró el caso con la conclusión de que se trató de un suicidio. Las pruebas presentadas incluyen la ausencia de otras huellas dactilares en el vehículo, imágenes de vigilancia que muestran que nadie más entró o salió de la camioneta entre las 8:30 de la noche y la mañana siguiente, un informe balístico que vincula la bala con el arma registrada a nombre de Barnett, y una nota escrita en su cuaderno encontrado en la escena. El documental no presenta evidencia ni testimonios que contradigan esa conclusión.
Sin embargo, el abogado de Barnett, Robert Turkewitz, sí traza una línea en Freefall: «Una cosa es segura: Boeing puede no haber jalado el gatillo, pero Boeing fue responsable de la muerte de John». La madre de Barnett, Vicky Stokes, dijo ante la cámara que «todavía tiene muchas preguntas sin respuesta».
El documental también recupera uno de los hallazgos más inquietantes de Barnett: en su deposición, habló sobre las máscaras de oxígeno. Según Kennedy, Barnett relató que presionó a la empresa para que realizara un estudio, y que los resultados mostraron que en una primera revisión el 15 por ciento de las máscaras no funcionaba; en un estudio más amplio, el porcentaje subió al 25 por ciento. Kennedy conecta esa denuncia con el incidente de enero de 2024, cuando un Boeing 737 Max 9 operado por Alaska Airlines perdió un tapón de puerta trasera en pleno vuelo, con 171 pasajeros a bordo, y muchas de las máscaras de oxígeno no funcionaron.
Ese incidente, que no dejó víctimas fatales, reveló una vez más el patrón que Barnett y otros denunciantes —entre ellos Merle Meyers, Sam Salehpour y Roy Irvin— habían documentado durante años: partes tercerizadas mal ensambladas, recortes de costos que comprometían la seguridad, y una cultura corporativa que había enterrado la ingeniería bajo la lógica del valor para el accionista. La fusión de Boeing con McDonnell Douglas en 1997 por 14 mil millones de dólares marcó, según el relato del documental, el punto de inflexión: a partir de entonces, una serie de directores ejecutivos formados en la disciplina de Wall Street tomaron las riendas de una empresa que alguna vez se enorgullecía de «hacer todo un poco mejor de lo necesario».
Para entender el presente hay que volver a esa semana de marzo de 2024. Lo que Freefall pone sobre la mesa no es solo la historia de una empresa que falló en sus estándares de seguridad. Es la historia de lo que le ocurre a quienes, dentro del aparato corporativo, se niegan a mirar hacia otro lado. Barnett pasó décadas intentando que el sistema funcionara desde adentro: denuncias internas, quejas ante reguladores, declaraciones públicas, deposiciones legales. El costo fue su carrera, su salud y, al final, su vida.
La pregunta que el documental deja flotando —y que Hemisferio considera legítima— es qué tipo de incentivos produce una estructura corporativa que castiga sistemáticamente a quienes protegen al público. Cuando la presión por reducir costos y maximizar utilidades se impone sobre la ingeniería y la supervisión, no es solo la empresa la que pierde: son los 346 pasajeros de los vuelos de Lion Air y Ethiopian Airlines, los 171 de Alaska Airlines, y los hombres como Barnett que pagaron por decir la verdad.



