La escena lo dice todo. Una joven heredera con guantes blancos, un fiscal meticuloso y el fantasma de un amor adolescente que lleva doce años sin poder marcharse. Con esa imagen arranca —y cierra— Spooky in Love, la serie surcoreana que emitió tvN en Corea y Netflix distribuyó al resto del mundo, protagonizada por Park Eun-bin —conocida por Extraordinary Attorney Woo— y Yang Se-jong —de Doona!—.
Los detalles cuentan la historia. Cheon Yeo-ri es la heredera del Reina Group, una cadena hotelera de capital familiar que concentra una riqueza considerable. Su abuela, la presidenta Baek Kyung-ja, tiene previsto traspasarle el control del grupo por encima de otros miembros de la familia. El problema: Yeo-ri puede ver fantasmas, y si esa condición se hace pública, su capacidad para dirigir la corporación quedaría en entredicho ante inversores y consejo.
El origen de ese don —o maldición— se remonta a un accidente de yate ocurrido doce años antes del inicio de la serie. Yeo-ri cayó al agua junto a su novio, Kang Ji-hwan, y sobrevivió gracias a un colgante protector que él le había pedido que llevara. Ji-hwan murió. Una chamán explica más adelante que el poder del colgante alteró los destinos de ambos y que, para que Yeo-ri deje de ver fantasmas, la otra vida reclama una vida a cambio.
La trastienda del accidente, sin embargo, es más oscura. El hermano mayor de Ji-hwan, Kang Min-hwan —interpretado por Ong Seong-wu—, tuvo la oportunidad de rescatar a su hermano cuando el yate golpeó una roca, y eligió no hacerlo. La envidia acumulada durante años —Ji-hwan era adoptado y, según la serie, recibía mejor trato de parte de algunos miembros de la familia— se convirtió en el detonante. Min-hwan guardó ese secreto durante más de una década mientras ascendía en el mundo empresarial del CL Raymond Group, la corporación que ambos hermanos estaban destinados a heredar.
El fiscal Ma Gang-uk llega a la historia con un vínculo que ninguno de los protagonistas conoce al principio: cuando Ji-hwan murió, Gang-uk —entonces gravemente enfermo— recibió su corazón. El trasplante le salvó la vida. La madre de los hermanos, Song Hee-won, ha seguido de lejos la trayectoria de Gang-uk desde entonces, a través de la abuela de él. Perder a un hijo y ver vivir al receptor de su corazón es, para ella, una forma de continuidad.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que Yeo-ri y Gang-uk se alían por primera vez. El caso que los une es el de Jang Eun-ju, una joven asesinada por su novio, el golfista profesional Park Seung-jae, tras quedar embarazada. Seung-jae es absuelto en el primer juicio gracias a la influencia de su padre, uno de los principales candidatos a la presidencia del país. Solo cuando Yeo-ri aporta la información que los fantasmas le susurran y Gang-uk construye el expediente legal, la condena prospera. La justicia, en este universo, necesita de ambos mundos.
La relación sentimental entre los dos protagonistas nace de una mentira táctica: Yeo-ri anuncia un compromiso falso con Gang-uk para esquivar las presiones de su abuela, que insiste en que se case con Min-hwan para asegurar la estabilidad del grupo. Lo que empieza como maniobra corporativa se convierte, episodio a episodio, en algo real. El obstáculo final es Min-hwan, que maniobra para controlar tanto a Yeo-ri como a su empresa, y cuya culpa por la muerte de Ji-hwan es el eje sobre el que gira el desenlace.
Los protagonistas son Park Eun-bin y Yang Se-jong, dos actores con trayectorias sólidas en el drama coreano contemporáneo. La serie combina el formato episódico de «fantasma de la semana» en su primera mitad con una segunda mitad más volcada en las luchas internas del mundo chaebol —los grandes conglomerados familiares surcoreanos— y en la resolución del misterio del yate.
Hemisferio observa en Spooky in Love algo más que entretenimiento de exportación. El drama coreano lleva años demostrando que las audiencias globales responden a historias donde la herencia, la propiedad y la responsabilidad individual tienen peso dramático real. Yeo-ri no es una heredera pasiva: gestiona, decide y asume las consecuencias de sus actos. Gang-uk no es un funcionario que obedece: es un investigador que persigue la verdad aunque el poder político lo bloquee. Esos valores —mérito, justicia, propiedad legítima— son los que el público de libre mercado reconoce y premia con audiencia. El soft power surcoreano, una vez más, exporta exactamente lo que Bruselas y Hollywood han dejado de producir.



