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La caída y el regreso de Pipe Bueno

El cantante colombiano reveló en un pódcast que consumió alcohol y drogas en su propia casa, junto a sus hijos, durante una crisis profesional en México. Su pareja, Luisa Fernanda W, respondió a las críticas y aclaró que no sabía lo que ocurría mientras sucedía.
Foto: elcolombiano.com
sábado 22 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un desayuno en casa, dos hijos cerca, y una copa de ron mezclada con el café de la mañana. Así describió el cantante colombiano Pipe Bueno el momento en que su consumo de alcohol dejó de ser ocasional y se convirtió en el centro de su vida cotidiana.

El relato lo hizo el propio artista, de 34 años, en el pódcast Los hombres sí lloran, conducido por el actor Juan Pablo Raba. Lo que comenzó como una conversación sobre vulnerabilidad masculina terminó siendo uno de los testimonios más crudos que ha dado un artista popular colombiano en años recientes.

El detonante, según explicó Pipe Bueno, fue una crisis profesional. El cantante se había trasladado a México junto con su pareja, la creadora de contenido Luisa Fernanda W, y sus dos hijos, Máximo y Domenic, con el objetivo de internacionalizar su carrera. Algunos de sus proyectos musicales no obtuvieron los resultados esperados en plataformas digitales y radio. Dieciocho años de trayectoria no fueron suficientes para blindarlo: «Estaba inseguro como nunca antes me había sentido», reconoció.

En ese estado, el alcohol encontró espacio. Primero en las mañanas, antes del desayuno. Luego se sumaron otras sustancias. Y el consumo dejó de estar confinado a salidas nocturnas o reuniones sociales. «Lo que te estoy diciendo, por ejemplo, sobre las drogas, no fue que un día me volé de rumba. No fue un sábado o un viernes con mis amigos, no. Fue en mi casa y al lado de mis hijos, después de un desayuno», afirmó entre lágrimas.

La frase que resumió ese período fue directa: «Si no estaba borracho, estaba drogado». Según explicó, el estado alterado de conciencia se había convertido en su mecanismo para no enfrentar lo que sentía: «La manera de gestionarlas era estar siempre en un estado alterado de conciencia».

El punto de quiebre llegó cuando Luisa Fernanda W salió de la vivienda con sus hijos y se trasladó a un hotel tras experimentar ataques de pánico. Pipe Bueno, solo en la casa, comprendió que la situación podía costarle la relación y la convivencia con sus hijos. Buscó a su familia, pidió perdón y solicitó una oportunidad. «Comienzo a hacerme cargo de mí, a ser responsable de mi persona», relató.

Desde entonces inició un proceso de recuperación. Se levanta alrededor de las 4:30 de la mañana para caminar y practicar ejercicios de respiración, asiste a retiros espirituales y asegura llevar varios meses sobrio. De esa etapa surgió su álbum Aquí estoy yo, que el propio artista describió como un trabajo vinculado a su reconstrucción personal.

La entrevista generó reacciones en redes sociales, muchas dirigidas a Luisa Fernanda W por haber permanecido junto al cantante. La influenciadora respondió con precisión: «Yo jamás supe lo que Pipe estaba haciendo en nuestra casa mientras estaba sucediendo», escribió en sus historias de Instagram. Cuando lo supo, dijo, estableció límites y ambos buscaron ayuda profesional.

Su declaración más resonante fue sobre sus propios sentimientos: «Hubo momentos en los que me desenamoré. Decirlo así puede sonar fuerte, pero es real. También me volví a enamorar». Y cerró con una advertencia explícita: «En ningún momento estoy promoviendo que una mujer tenga que 'aguantar' esperando a que su pareja cambie. Estoy contando mi historia, no dando una fórmula para la vida de nadie».

Los detalles cuentan la historia. Lo que Pipe Bueno eligió contar no es una narrativa de éxito ni una campaña de imagen: es el registro de un hombre que perdió el control en privado y decidió recuperarlo, también en público. La trastienda de ese proceso —la soledad en una casa vaciada, el hotel, el perdón pedido— es más elocuente que cualquier declaración de superación.

El testimonio importa más allá del mundo del entretenimiento porque pone nombre a algo que suele quedar sin él: la adicción como respuesta a la presión por el rendimiento, al miedo al fracaso profesional, a la exigencia de sostener una imagen de fortaleza. Que un hombre de 34 años con 18 años de carrera haya llegado a ese punto no es una anomalía; es un recordatorio de que ningún logro acumulado es inmune a la fragilidad humana. La diferencia, en este caso, estuvo en la decisión de hacerse cargo.

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