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La estampilla que nació en Corrientes

El 21 de agosto de 1856, una provincia argentina se adelantó al resto del país y emitió el primer sello postal de su historia. Detrás había un gobernador viajero, un panadero francés con talento de grabador y una diosa romana con un drama familiar.
Foto: infobae.com
sábado 22 de agosto de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana. O, en este caso, a ese agosto de 1856 en que la provincia de Corrientes hizo algo que ninguna otra jurisdicción argentina había hecho: poner en circulación una estampilla.

El impulso vino de Juan Gregorio Pujol, correntino nacido en Saladas, quien a los 34 años había asumido la gobernación de su provincia en agosto de 1852. Pujol no era un hombre de escritorio. Había combatido en Caseros, participado del Acuerdo de San Nicolás y formado parte del proceso que le dio al país su Constitución. Cuando regresó de un viaje por Europa, traía una idea concreta: Corrientes necesitaba un sello postal.

La inspiración tenía dirección precisa. En Francia, el 1 de enero de 1849, había circulado una estampilla con la imagen de Ceres, la diosa romana de la agricultura. La leyenda la describía viajando por el mundo repartiendo semillas y enseñando a cultivarlas. Su historia familiar, sin embargo, era menos apacible: su hija Proserpina fue raptada por Plutón, el dios del inframundo, y la tristeza de Ceres hizo que las plantas dejaran de crecer. Júpiter intervino, Plutón liberó a la joven a mitad del año y la vegetación volvió. Los romanos usaban ese relato para explicar las estaciones. Los franceses lo usaron para decorar su correo.

Pujol adoptó el modelo. Pero para ejecutarlo necesitaba artesanos, y los encontró donde menos se esperaba.

El diseño recayó en Matías Pipet, un francés nacido en 1826 que hacia 1850 se había radicado en la ciudad correntina de Mercedes, donde existía una colonia de compatriotas suyos. En su país natal había sido aprendiz de grabador; en Mercedes se ganaba la vida como panadero. Se lo contactó porque se conocían sus habilidades. Pipet grabó ocho clisés en cobre, cada uno con pequeñas diferencias entre sí. El tamaño de cada pieza era de 19 por 22 milímetros.

La impresión quedó en manos de Paul Emile Coni, también francés, tipógrafo nacido en Saint Maló hacia 1826 y formado en artes gráficas en París. Coni había integrado el llamado ejército grande que lideró Justo José de Urquiza para derrocar a Juan Manuel de Rosas, y en esa campaña había trabajado junto a la imprenta móvil que manejaba Domingo Faustino Sarmiento. Años después, a mediados de 1880, levantaría una editorial importante en Perú al 600, en la ciudad de Buenos Aires.

Coni rechazó la litografía: era demasiado fácil de falsificar. Optó por impresión tipográfica y usó la misma imprenta que, tras la batalla de Caseros, había sido enviada a Corrientes. El resultado fue una estampilla impresa en color azul sobre papel de barrilete, con valor de un real. Su primera emisión fue el 21 de agosto de 1856. Tuvo 17 emisiones.

Los detalles cuentan la historia. El correo en América tenía raíces más antiguas: el 14 de mayo de 1514 se había creado el Correo Mayor de Indias, con sede en Lima. Fue Domingo Basavilbaso quien alertó sobre la necesidad de que Buenos Aires contara con un servicio propio, y el 17 de junio de 1748 los porteños supieron que existía un correo entre la ciudad, Potosí y Lima. El 1 de julio de 1769, el propio Basavilbaso fue su primer administrador.

El primer cartero de Buenos Aires fue el sevillano Bruno Ramírez. Contratado para entregar cartas a los interesados, el 14 de septiembre de 1771 juró ante el gobernador Juan José Vértiz ante «Dios Nuestro Señor», haciendo la señal de la cruz. En 1802 fue nombrado entregador de pliegos Domingo María Cristóbal French, quien en 1806 ascendió a auxiliar de correos. Ese conocimiento capilar de cada vecino de Buenos Aires le resultaría útil cuando, junto a Antonio Beruti, movilizó a la población en los días de mayo de 1810.

Fue Bernardino Rivadavia quien nacionalizó el servicio, que pasó a llamarse Dirección General de Correos, Postas y Caminos y estuvo a cargo de Juan Manuel de Luca durante 32 años. En 1853 el correo pasó a depender de hacienda; tres años después, del ministerio del interior. Fue Gervasio Antonio de Posadas Bustillo quien instaló los primeros buzones, elaboró el primer reglamento para los carteros y fijó tarifas postales. Los buzones eran entonces cajas de madera colocadas en comercios y plazas.

El país precursor de los sellos postales había sido Gran Bretaña, que en 1840 emitió los primeros ejemplares: un penique de color negro y dos peniques de color azul, con la imagen de la joven reina Victoria. Con el tiempo se los conoció como Penny Black y Penny Blue. Antes de esa innovación, el envío lo pagaba el destinatario, y muchos se negaban a hacerlo; las cartas rechazadas se acumulaban. La estampilla pagada por el remitente resolvió el problema.

Corrientes llegó tarde a esa revolución global, pero llegó antes que cualquier otra provincia argentina. En un país entonces dividido entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación, una provincia periférica tomó la delantera con los recursos que tenía: un gobernador con visión, un panadero con memoria de grabador y un tipógrafo que no quería que le falsificaran el trabajo. La iniciativa privada y el ingenio local hicieron lo que la burocracia central todavía no había podido. Esa lección, pequeña y azul, vale un real.

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