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La sabiduría que ningún algoritmo puede darte

Un gerontólogo de Cornell lleva dos décadas recogiendo lecciones de vida de casi 1.500 personas mayores. Su hallazgo central: la conexión humana y la experiencia vivida siguen siendo irreemplazables.
Foto: time.com
martes 18 de agosto de 2026

Karl Pillemer llegó a la vejez ajena por vocación académica. Gerontólogo de la Universidad de Cornell y autor de 30 Lessons for Living, dirige desde 2004 The Legacy Project, una iniciativa que ha recopilado consejos prácticos de casi 1.500 adultos mayores de distintos orígenes, niveles de ingreso y regiones de Estados Unidos. La conclusión, después de dos décadas de entrevistas, es sorprendentemente consistente: priorizar las relaciones sobre el dinero, decir que sí a las oportunidades en lugar de jugar siempre a la defensiva, y prestar atención a los placeres ordinarios —una cama caliente en una noche fría, un buen café, un pájaro de colores vivos fuera de la ventana.

La escena lo dice todo. Cuando Pillemer preguntó a mujeres de edad muy avanzada cuál había sido la innovación tecnológica más importante de sus vidas, ninguna mencionó la llegada del hombre a la Luna ni la televisión. Dijeron: la lavadora. Antes de que se generalizara, la colada podía consumir dos días enteros de la semana de una mujer. Muchas de ellas, dice Pillemer, habrían cambiado sin dudarlo partes del estilo de vida tradicional que hoy se romantiza por las comodidades modernas y las oportunidades ampliadas.

Ese detalle importa más de lo que parece. En las redes sociales circula con fuerza el llamado nonna-maxxing: mañanas lentas, cenas dominicales, pasta hecha a mano, jardinería, tejido y otras rutinas asociadas a las abuelas italianas. Hana Ben-Shabat, investigadora generacional y fundadora de Gen Z Planet, sostiene que el fenómeno resuena porque ofrece un respiro frente a los algoritmos, la estimulación constante y la presión de optimizar casi cada aspecto de la vida moderna. «Sería un error interpretarlo como simple nostalgia», dice Ben-Shabat. «Creo que es un deseo genuino de encontrar algo que la vida digital no puede ofrecer»: sabiduría práctica, rituales, conexión real y la satisfacción de desarrollar habilidades que no necesitan ser rastreadas ni convertidas en contenido.

Pero Pillemer introduce una distinción que la tendencia suele ignorar. Copiar lo que hacía una mujer mayor no es necesariamente lo mismo que aprender de ella. Tu abuela quizás cocinaba todo desde cero porque creía profundamente en reunir a la gente alrededor de la mesa —o porque no tenía microondas, dos sueldos que gestionar ni una aplicación de delivery. «Copiar el hábito en sí mismo arriesga copiar sus circunstancias, no sus ideas», advierte. Como él mismo lo resume: «No era sabiduría. Era 1962».

La pregunta correcta, entonces, no es qué hacía, sino por qué lo hacía. Pillemer recomienda preguntar directamente: «Al mirar atrás sobre tu vida, ¿cuál es la cosa más importante que has aprendido y que te gustaría transmitir a alguien más joven?». Y luego empujar hacia lo concreto: «¿Qué podría hacer esta semana para poner en práctica esa lección?». Una máxima como «preocúpate menos» o «disfruta el presente» es hermosa pero inútil a las 8:42 de un martes estresante. La utilidad está en el detalle: cuándo lo aprendiste, cómo cambió tu comportamiento, qué deberías hacer la próxima vez que estés en esa situación.

Los detalles cuentan la historia. Cuando Pillemer preguntó a adultos mayores cómo podrían los jóvenes llegar a los 80 o 90 años con menos arrepentimientos, esperaba escuchar sobre grandes errores y caminos dramáticamente no tomados. No estaba preparado para la respuesta más frecuente: «Ojalá no hubiera pasado tanto tiempo preocupándome por cosas que no podía controlar». Una mujer le contó que, al enterarse de que venían despidos en su empresa, pasó tres meses consumida por la angustia. Luego hizo una pausa y dijo: «Ahora desearía tener esos tres meses de vuelta».

Pillemer, que se describe a sí mismo como un preocupador compulsivo, ha convertido ese consejo en una práctica personal. Cuando empieza a espiralizarse, recuerda a todos los mayores que le dijeron que preocuparse —no planificar ni actuar— les había robado tiempo que nunca recuperaron.

Hay aquí un principio que va más allá de la salud mental individual. En una época en que la inteligencia artificial promete responder cualquier pregunta y los algoritmos pretenden anticipar cada necesidad, la experiencia vivida de una persona concreta —con nombre, historia y cicatrices propias— sigue siendo un activo que ninguna plataforma puede replicar. La sabiduría no se extrae de datos; se transmite entre personas que se miran a los ojos. Esa transmisión requiere tiempo, presencia y la disposición a hacer preguntas incómodas. El mercado de las aplicaciones de bienestar no tiene incentivos para recordárnoslo. Las abuelas, sí.

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