La escena lo dice todo. Una mañana fría de agosto en un café de Buenos Aires, Socorro Venegas abre el álbum de fotos de su madre y explica por qué la imagen de la portada la conmueve: Elia, así la llama en el libro, es la única que no mira la cámara. Su hermano Gabriel tampoco sonríe. «Era un niño que vivía con mucho dolor», dice la escritora.
El libro se llama Leche de silencio y lo publica Páginas de Espuma. Es un género híbrido —ni novela, ni memoria, ni crónica— construido a partir de largas conversaciones con su madre, una mujer de origen indígena, hablante del náhuatl, que a los nueve años dejó su casa por hambre. Elia formó una familia con un hombre al que Venegas describe con una imagen que detiene la lectura: «ebrio de derrota». Atravesó la enfermedad y la muerte de un hijo pequeño. Vivió, como tantos mexicanos de origen indígena, con vergüenza y temor de hablar su lengua en voz alta.
«Ser indígena en México equivale a estar condenado a ser pobre e ignorante y a que el mundo no se abre para ti», afirma Venegas en la entrevista que dio en Buenos Aires, donde presentó el libro en la Feria de Editores.
Venegas nació en San Luis Potosí en 1972. Es profesora de literatura y directora general de publicaciones y fomento editorial de la UNAM, donde creó la colección Vindictas, dedicada a recuperar la obra de autoras latinoamericanas del siglo XX que no recibieron reconocimiento en vida. Es autora de Ceniza roja, La memoria donde ardía, La noche será negra y blanca —ganadora del Premio Nacional de Novela «Carlos Fuentes» en la categoría Ópera Prima— y Vestido de novia.
La portada de Leche de silencio incorpora un glifo náhuatl que, según explica la propia autora en el libro, no significa solo «palabra» sino algo más amplio: la voz, el aliento, la necesidad de alcanzar al otro. La foto es del álbum familiar. La eligió Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, con quien Venegas lleva ya cuatro libros. «Enviar esas fotos es algo que solo puedes compartir con alguien a quien le tienes muchísima confianza», dice. Las imágenes no eran suyas: pertenecen al álbum de su madre.
El libro también recupera elementos de la medicina tradicional náhuatl. Venegas recuerda el gesto de su abuela percutiéndole el brazo: en esa tradición, la enfermedad ocurre cuando una persona pierde su sombra, lo que afecta directamente al corazón. Curarla implicaba devolverle esa sombra, «enderezar» el corazón. La narradora del libro habla de tener el corazón «enderezado», imagen que Venegas usa para describir su propio proceso de escritura y duelo.
«Mis muertos vendrían a ejercer su derecho a hablar, en la lengua franca que convoca a los vivos», escribe en el libro. «Me vuelvo un umbral para esas voces y las de mis ancestras, incomprensibles e íntimas».
Los detalles cuentan la historia. Leche de silencio no es solo un libro sobre una madre. Es el registro de una clase social y de una comunidad que aprendió a callar su lengua para sobrevivir en un país que la trató como marca de inferioridad. La historia de Elia es también la historia de una generación.
Para Hemisferio, el valor literario del libro es indiscutible. Pero la frase que Venegas pronuncia con naturalidad —«ser indígena en México equivale a estar condenado a ser pobre e ignorante»— merece leerse también como un diagnóstico político. Décadas de políticas indigenistas, programas sociales y retórica oficial no han roto ese círculo. Lo que Leche de silencio documenta, a través de una sola vida, es el fracaso de un Estado que prometió redención y entregó asistencialismo. La lengua que Elia aprendió a callar no la silenciaron los mercados ni la libre empresa: la silenciaron la vergüenza institucional y la pobreza que el aparato estatal no supo —o no quiso— resolver. Eso también es parte del libro, aunque no esté escrito así.



