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Su cadáver avanza hacia el mar

El escritor chileno Galo Ghigliotto reúne años de cuentos en un volumen donde la muerte, el humor y el amor en crisis componen un retrato incómodo de la experiencia humana.
Foto: latercera.com
sábado 22 de agosto de 2026

La escena lo dice todo: un libro que tardó más de una década en encontrar su forma definitiva, construido a partir de dos proyectos distintos que nunca terminaron de convencer a su autor por separado. Así nació Su cadáver avanza hacia el mar, el nuevo volumen de relatos del escritor chileno Galo Ghigliotto, publicado por Puya Editora, la casa editorial independiente que él mismo dirige.

Ghigliotto, 49 años, nacido en Valdivia, es uno de los nombres más activos del ecosistema literario chileno. Traductor —suya es la versión al castellano de La otra hija, de Annie Ernaux, publicada por Los Libros de la Mujer Rota—, editor al frente de dos sellos independientes, y uno de los fundadores de la Furia del Libro, evento que lleva 17 años de trayectoria con dos versiones anuales. Como autor, acumula reconocimientos concretos: la Beca de Creación Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura en 2011, el Premio Municipal Juegos Literarios Gabriela Mistral 2016 por Matar al mandinga, y el Premio MOL del Ministerio de las Culturas en la categoría «Novela publicada» por El museo de la bruma (2020).

El libro nuevo tiene una historia de origen que dice mucho sobre el proceso creativo del autor. El cuento más antiguo incluido en la selección data de 2009 o 2010. Durante años, Ghigliotto fue reuniendo ese material en dos proyectos paralelos —La nueva mitología y La siniestrura— sin decidirse a publicar ninguno. Fue su colega Katherine Hoch, editora, quien leyó ambos manuscritos y le señaló que existía un tercer libro mejor: una selección que mezclara cuentos de los dos. Esa lectura externa fue el detonante.

Los relatos orbitan alrededor de la muerte y el amor, dos territorios que Ghigliotto no separa con facilidad. Sobre la muerte, su postura es directa: «Si existe una experiencia por la que inevitablemente ha de atravesar todo ser vivo, es la muerte». No la concibe como una decisión temática consciente, sino como una consecuencia natural de escribir sobre la experiencia humana. Lo que le interesa, en particular, es la idea de que los muertos no terminan de irse: permanecen mientras alguien los recuerde, y esa cadena de memoria y olvido se desplaza en el tiempo. «La muerte verdadera, la muerte definitiva, no es otra cosa que el olvido», dice.

El humor aparece en ese mismo territorio oscuro, y Ghigliotto defiende que no funciona como alivio sino como instrumento de precisión. «La burla que permite el humor me sirve para señalar el absurdo y, en cierto modo, iluminar la oscuridad con una luz burlona», explica. No se trata de quitarle gravedad a las cosas; a veces ocurre exactamente lo contrario: el humor hace que el absurdo de algo terrible se vuelva todavía más evidente. Esa combinación ya estaba presente en A cada rato el fin del mundo (2013), en Matar al mandinga (2016) y en El museo de la bruma (2019). Con el tiempo, reconoce, se ha convertido en una característica reconocible de su escritura.

Sobre el amor, Ghigliotto es más polémico. «El amor es un concepto que hoy está especialmente puesto en tela de juicio», afirma. La herencia del amor romántico —almas gemelas, predestinación, espíritus destinados a encontrarse— son, para él, ficciones que pueden cumplir funciones muy distintas: pueden ser un ornamento que dos personas construyen en común, una ficción compartida que les da sentido a una relación, pero también pueden operar unilateralmente como camuflaje para la seducción, la persuasión o la manipulación. El tema no se agota en el amor erótico: está el amor fraterno, el amor hacia los hijos, hacia los amigos y hacia uno mismo. Este último, dice, debería traducirse en respeto propio, y ese autorrespeto modifica inevitablemente la manera en que uno se relaciona con los demás.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que Ghigliotto decidió dejar de acumular y publicar. Su cadáver avanza hacia el mar es el resultado de una apuesta por la forma sobre la acumulación: menos proyectos, más libro. En un mercado editorial donde la velocidad de publicación suele premiarse, la demora deliberada de este volumen —más de una década de gestación— es en sí misma una declaración de principios sobre el oficio.

Lo que el libro pone sobre la mesa, más allá de sus méritos literarios, es una pregunta que la literatura independiente en español lleva tiempo formulando: si las grandes ficciones colectivas —el amor, la muerte, la memoria— siguen siendo territorio fértil cuando la cultura de masas las ha vaciado de contenido. La respuesta de Ghigliotto, al menos en este volumen, es que sí, pero solo si se las mira con humor y sin solemnidad. Esa apuesta, modesta en su escala y precisa en su ejecución, es exactamente el tipo de trabajo que los sellos independientes hacen posible cuando operan fuera de la lógica del catálogo comercial.

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